sábado, 5 de abril de 2014

El Secreto de las Runas


Por Hyranio Garbho

El Secreto de las Runas es un tratado esotérico sobre filosofía rúnica. Ello significa que su contenido está asociado a la inteligencia de una compleja elaboración metafísica, cuya profundidad puede apreciarse ya en las primeras páginas del libro.  No es, por tanto, un texto de enseñanza de lectura oracular.  Su secreto nada tiene que ver con formas ocultas o desconocidas acerca de cómo leer las runas. En él, quien busque recetas o consejos prácticos sobre las runas con fines de adivinación, perderá su tiempo. Pues no es éste un libro para esa clase de inclinaciones circunstanciales. El Secreto de las Runas enseña que éstas son más que un oráculo; y, por lo tanto, que utilizarlas únicamente con objetivos oraculares supone una comprensión harto superficial de su esencia y del misterio que les está asociado. Pues para poder mínimamente consultar las runas se precisa saber que no son todas ellas originales y que, por tanto, no todas ellas tienen el poder de abrirnos a la comprensión interior y responder adecuadamente nuestras preguntas.  Y es este tipo de cosas, entre otras, a las que responde este libro.

El Secreto de las Runas se inicia con una constatación simple: las runas, el proto-lenguaje de los pueblos germánicos, es un tipo de escritura original cuya antigüedad alcanza fácilmente los mil años por sobre las fechas comúnmente aceptadas.  No son, como se piensa, un tipo de escritura derivado de los alfabetos fenicios o de la escritura uncial latina; ni son, tampoco, símbolos utilizados únicamente con este fin.  Sólo muy tardíamente las runas fueron usadas como letras, en el sentido que damos hoy nosotros a nuestros símbolos de escritura.  Pero no era ésta, ni remotamente, su finalidad original. 

La segunda afirmación interesante que vemos aparecer en El Secreto de las Runas es todavía más desconcertante.  Según List el futhark original, contrariamente a lo que ha venido aceptándose desde mediados del siglo XIX, constaba de dieciséis runas y no de veinticuatro.  Esta es una de las tesis centrales del libro (sobre este punto nos extenderemos en el siguiente apartado de nuestro Estudio Preliminar).  Paralelamente a esta afirmación List sostiene que el Hâvamâl, el Libro de la sabiduría rúnica de Wotan, considera la existencia de dieciocho runas.  Este canto, junto con todos los otros cantos del Edda, en la opinión de List, es infinitamente más antiguo de lo que se ha aceptado comúnmente.  La ciencia oficial pretende remontarlos al Codex Regius, aunque admite la posibilidad que se trate de una tradición oral más antigua.  Según List el Edda fue fijado definitivamente hacia finales del siglo VIII, pero su verdadera antigüedad se pierde en la noche de los tiempos.  Por lo que las dieciocho runas que supuso su composición, en la medida que el proto-germánico cedió su lugar al germánico antiguo, tempranamente forzó la aparición de otros símbolos rúnicos, los que al cabo de unos siglos ya se contaban por sobre los veinte y los treinta.

La tercera afirmación relevante en la primera parte del libro establece que en la raíz de todas las letras que forman el sistema de escritura germánico antiguo se halla originalmente una runa; o que todas ellas, tanto en su trazo como en su nombre o su sonido pueden remitir a una runa original del conjunto de las dieciséis runas que son las verdaderamente originales.  En la actualidad, sostiene List, cada runa tiene un nombre que da cuenta de la runa original; ese sentido germinal de la runa es monosilábico -pues es ésta una condición natural de los símbolos sagrados antiguos (sobre este interesante particular precisaremos algunas notas en el siguiente apartado de nuestro Estudio Preliminar).  List apunta al respecto:

"Debido a que las runas tienen nombres singulares y estos nombres constituyen palabras monosilábicas es igualmente evidente que las runas –en los distantes días de antaño (...) constituyeron un sistema jeroglífico.  Esto es porque el proto-arianismo era, lo mismo que todo lenguaje primitivo, monosilábico, y sólo tiempo después se contrajo en una escritura alfabética, cuando la estructura del lenguaje jeroglífico o silábico demostró ser una escritura demasiado engorrosa" [1].

La cuarta afirmación relevante en la primera parte del libro señala una de las tesis centrales de El Secreto de las Runas.  No hay un único tipo de runas, sino, a lo menos, dos.  Tempranamente, indica List, vemos aparecer una división interna en el sistema rúnico original (futharkh -con "h" final)[2].  Dos grandes grupos de runas se desprenden del tronco rúnico originario para culminar constituyendo dos modelos o tipos diferentes de éstas. Por una parte las Buchstaben-Runen, y, por otra, las Heilszeichen-Runen.  Las Buchstaben-Runen son las runas utilizadas como letras en un sistema de escritura similar al utilizado por otros sistemas de escritura, como el griego, el latino, el fenicio, etc.  Las Heilszeichen-Runen son las runas consideradas como símbolos sagrados, mágicos, cuyo poder trasunta al operador si éste las sabe consultar debidamente.  Las Heilszeichen-Runen constituyen el sistema rúnico más antiguo, aquel del que decíamos más arriba que estaba compuesto originalmente sólo por dieciséis símbolos rúnicos.  De éste, y por la necesidad de servirse de las runas como un sistema de escritura -no olvidar lo que dice List en relación a que la runas monosilábicas (esto es, las heilszeichenrunen) se vieron obligadas a contraerse en una escritura alfabética sólo "cuando la estructura del lenguaje jeroglífico o silábico demostró ser una escritura demasiado engorrosa"- surgieron luego una treintena de runas que con el tiempo culminaron por constituirse en un sistema rúnico autónomo, cuya función principal fue la de servir como sistema de escritura, empobreciendo notablemente su sentido mágico original.

De acuerdo con List el Edda Hâvamâl enseña dieciocho runas.  Éstas, pese a tener un innegable carácter literal (esto es, pese a que pueden utilizarse como letras) conservan su esencia mágico-sagrada original. Es decir, ostentan la peculiaridad de ser Buchstabenrunen y Heilszechenrunen a la vez.  En su opinión, este carácter único de las runas enseñadas en el Hâvamâl está en concordancia con la relevancia capital de este canto, en cuyo secreto yace la clave que revela el verdadero misterio de las runas.  Sobre la importancia de este Edda el propio List apunta:

"Ningún otro canto del Edda da una visión tan clara de la cosmovisión aria original sobre la relación que une el espíritu al cuerpo,  Dios al Todo –y a través de la arianidad trae de manera tan significativa a la conciencia el reconocimiento de la dualidad que une a los contrarios en el microcosmos y el macrocosmos- como el Hâvamâl y la sabiduría rúnica de Wotan incluida en él"[3].

Luego de desarrollar un conjunto de ideas relativas al significado metafísico de Wotan, de la que hablaremos en el apartado correspondiente, List propone otra tesis notable sobre el origen de las runas -tesis que será compartida luego y desarrollada por otro gran runólogo alemán, el filósofo Friedrich Bernhard Marby.  Las runas fueron originalmente, en opinión de List, formas simbólicas sagradas a través de las cuales los sabios del pasado comunicaban su visión interior.  En una época en que el lenguaje era tan limitado éstos tuvieron que servirse de movimientos físicos y de determinadas posiciones corporales para comunicar lo que, de otro modo, habría permanecido insalvablemente oculto. Esas posiciones corporales reflejaban medios de canalización de energía a través de las cuales los sabios arios lograban desarrollar su visión interior y trasuntar los poderes mágicos respectivos.  Por su importancia este tema será más ampliamente desarrollado hacia el final del apartado que dedicamos a la Metafísica del Secreto de las Runas incluida en este Estudio Preliminar.

La parte medular de El Secreto de las Runas se centra en la descripción de las dieciocho runas enseñadas por el Edda Hâvamâl. Allí la plenitud de su contenido mágico y místico nos es revelado de una manera directa y sintética.  Cuando los versos del Edda Hâvamâl se combinan con los nombres de las runas -nos dice List- adviene de un modo mágico la iluminación y el secreto de éstas es por fin develado.  En esta parte del libro se pasa revista a los versos del Hâvamâl contenido en las estrofas que van de la 138 a la 163.  Según List, cada una de estas estrofas está referida a una runa original y su comprensión otorga la clave debida para la resolución del misterio asociado a cada una de las dieciocho runas originales (en el apartado siguiente esperamos responder por qué si List admite que las runas originales eran dieciséis culmina hablando de dieciocho).  List hace acompañar a cada runa un pequeño listado con las raíces de la palabra que forman su nombre, a las que se unen una serie de conceptos asociativos con los que se persigue comunicar intuitivamente su significado.  Los versos del Edda Hâvamâl son, en cada caso, presentados como la clave que resuelve el misterio de las runas, por lo que no se les analiza ni se les explica, sino que se les despliega en toda su profundidad poética, esotérico y mistérica.  List añade a esto una explicación racional del significado de la runa que no atañe a los versos del Hâvamâl, los que permanecen intactos.  Su reflexión se centra en los nombres de las runas, en el análisis de las palabras-raíces que constituyen su etimología; y a veces añade uno que otro dato histórico o filosófico que ilumina aun más la comprensión racional de la runa. Finalmente una fórmula sintética busca dar con el corazón del significado esotérico del símbolo rúnico.

Las runas del Edda Hâvamâl coinciden con las runas del futhark armanen (esta misteriosa coincidencia será explicada en el apartado siguiente de nuestro Estudio Preliminar).  Sus nombres son resumidamente los que sigue: fa, ur, thor, os, ried, kaum, hagal, noth, is, ar, sieg, tyr, bar, laf, man, yr, eh, gibor.   Cada una de estas runas es estudiada por separado y vistas a la luz de su significado en el conjunto del sistema rúnico armanista, tras lo cual List se aplica a desentrañar el misterio de la que considera la runa principal de este sistema: el fyrfos o runa gibor (esto será desarrollado en el apartado dedicado al misterio del fyrfos de nuestro Estudio Preliminar).

Tras revisar el significado esotérico de cada símbolo rúnico la obra de List se centra en develar cuál es el verdadero Secreto de las Runas.  Y he aquí que este libro se vuelve todavía más original y desconcertante que nunca.  Comparable únicamente con lo que Copérnico llevó a cabo en el plano general de la ciencia, la tesis de List viene a reformar por completo -y lo hace tempranamente- el esoterismo global de la filosofía asociada a las runas. Su predicamento, sencillo en esencia, arranca de la convicción de que paralelamente al conjunto de dieciocho runas del futhark armanen, habría existido un número indeterminado de símbolos rúnicos, formados a base de los trazos originales de las dieciocho runas armanen, encriptados primero en la grafía y el lenguaje proto-germánico, y desarrollados luego en los motivos ornamentales, los que habrían sido preservados celosamente por los skalder, pues contenían no sólo el verdadero misterio rúnico, sino que, en su esencia, ellos eran (ellos constituían) el auténtico secreto de las runas.  Quien tras leer este libro no entiende ese predicamento sencillo, no ha entendido nada acerca de lo que aquí se ha buscado comunicar.  Y el secreto así develado de las runas jamás podrá serle accesible más que en apariencia.  List sostiene al respecto lo que sigue:

Únicamente después de estos comienzos se crearon estas runas. Y un número de otras, que la sabiduría rúnica de Wotan no nombra, poco a poco se marchitaron en "letras", conforme a nuestro sentido de la palabra -esto es, en signos fonéticos vacíos e inarticulados.  La aún no contabilizada gran masa de otros signos sagrados o jeroglíficos, que no fueron simplificados en signos fonéticos insustanciales, pero que fueron más bien -como ya se ha dicho- desarrollados en los motivos ornamentales más elegantes, con la preservación característica de las líneas básicas de sus formas primarias, y que también ampliaron sus nombres y valores simbólicos, llegaron a formar el sistema ario de jeroglíficos o pictogramas, que seguía siendo el secreto de los Skalder.[4]

Esa aun no contabilizada gran masa de símbolos sagrados o jeroglíficos es lo que, en otro libro de mi autoría, titulado El Misterio del Fyrfos[5], me he permitido llamar como alfabeto kálico[6], basado en el presupuesto listiano de que la esencia de su secreto fue conservado y custodiado por la Kala o Hochheilige Heimlich Acht[7].  Ése alfabeto kálico, en lo que a este libro compete, será desarrollado atendiendo, en primer lugar, a la heráldica; y luego, de una manera general, a todas los motivos ornamentales de la arquitectura y el folclore alemanes de antaño, incluido en ello la sabiduría popular de refranes y cuentos.  Es menester, eso sí, advertir de entrada al lector despreocupado, que el develamiento del secreto de las runas asociado al des-cubrimiento del misterio kálico en la heráldica, la arquitectura y el folclore alemanes sólo se vuelve accesible a la inteligencia moderna si acaso se comprende la metafísica listiana de los tres niveles de interpretación, basados en las tres fases del acontecer (el venir-al-ser, el ser y abandonar-el-ser para venir-al-ser nuevamente, en forma respectiva) en los que se despliegan y desarrollan todos los secretos rúnicos-kálicos aquí develados. Sin esa comprensión de base la filosofía listiana se transforma en un lenguaje abstruso, que más que abrirnos al misterio rúnico, nos cierra el paso a toda posibilidad de aprehenderlo.

Según Guido von List una palabra o un símbolo heráldico, derivado de alguna kala y, por tanto, de alguna runa originaria, da lugar a palabras o símbolos equivalentes cuyos significados, no obstante, son disímiles.  Así, por ejemplo, la palabra "Rath", de la que derivan palabras tales como Rat (Consejo), Rad (Rueda) y Ratte (Rata) tienen todas significados distintos, pese a venir de una palabra común, en virtud a que siempre, toda kala, puede ser descifrada en alguno de los tres niveles de interpretación que se siguen del ciclo natural y permanente de todas las cosas.  List señala que todas las instituciones de los pueblos arios, lo mismo que su religión, su mitología, su sociedad, su lengua original (el ario primitivo), etc., estaban basadas en una comprensión tripartita de la realidad cuyo fundamento no era otro más que "el reconocimiento intuitivo de las leyes evolutivas de la naturaleza"[8].  Esas leyes evolutivas de la naturaleza, que han sido mencionadas por nosotros más arriba en la fórmula del venir-al-ser, el ser y abandonar-el-ser para venir-al-ser nuevamente, imprimen al corazón del pueblo germánico un imperativo fundamental que lo atraviesa todo.  Así, una palabra como "Rath", derivada de la runa "Ried", debía necesariamente ser interpretada en estos tres niveles de comprensión, dando lugar, con ello, a tres palabras distintas y con significados disímiles.  En el primer nivel asociado al venir-al-ser Rath se convirtió en Rat (Consejo), a modo de señalar una actividad que pone en movimiento cosas -pues un consejo es siempre la base de una decisión. En el segundo nivel Rath se convirtió en Rad (Rueda), a modo de significar lo que ya está en marcha, lo que es movimiento en el presente -la decisión hecha actualidad, realidad, acto.  Y en el tercer nivel Rath se transformó en Ratte (Rata), animal que señala la corrupción -en íntima coincidencia con el ciclo evolutivo de las cosas.

Más interesante que estos ejemplos lo son los de las palabras "Ygdrasil" o "Iroglif". En cada caso se trata kalas compuestas, esto es, de palabras en cuya formación participan dos o más runas.  La realidad así desplegada por la nueva kala o palabra rúnica conjunta todos los significados individuales e indivisibles de las runas que la componen.  Y esto lo hace, obviamente, en los tres niveles de interpretación. Así, el significado de una palabra como "Iroglif" resulta de la conjunción del significado de las tres runas que la componen (Ir - Og - Lif, que responden a las runas primitivas Ar - Og - Laf), las que consideradas en los tres niveles de interpretación dan lugar a nueve sentidos distintos. En todos los casos, la tarea del intérprete rúnico será la de recoger el sentido más propio de las tres runas de la palabra, individualmente consideradas, en cada uno de los niveles respectivo, y forjarse interiormente el sentido de la kala global.

Tras especificar estas minucias de la interpretación List se aplica a analizar un conjunto ilimitado de kalas rúnicas simples y compuestas presentes en el folclore alemán, la arquitectura, los símbolos, las instituciones y la heráldica.  Todas ellas son reflejo de la presencia indiscutible de la tradición armanista en suelo germánico. 



[1] Guido von List, Runenschrift (GLB 1), p. 2.  En El Secreto de Las Runas (Versión castellana de Hyranio Garbho) v. p.64.
[2] Cfr Die Ursprache der Ario-Germanen und ihre Mysterien sprache (GLB 6)
[3] Guido von List, Wuotans Runenkunde (GLB 1), p. 4.  En El Secreto de Las Runas (Versión castellana de Hyranio Garbho) v. p.66.
[4] Guido von List, Runen, Heilszeichen, Zaubercharaktere, Geistersigille (GLB 1), p. 24.  En El Secreto de Las Runas (Versión castellana de Hyranio Garbho) v. p.88.
[5] Hyranio Garbho, El Misterio del Fyrfos, Ed. Aurea Catena, Santiago de Chile, 2014. En este libro intento reconstruir el sistema alfabético kálico, basado, en parte, en lo que me fuera transmitido por mi maestro, y, en gran medida, en lo develado por las enseñanzas de List.
[6] Ignoramos por completo de dónde pudo haber obtenido List su primera información sobre este alfabeto kálico, pero sospechamos que pudo haber sido a través de Tarnhari.  El mérito de List, al respecto, no está en haberlo descubierto, sino en haber sido el primero en publicarlo y ponerlo al corriente de los ariosofistas de la época.
[7] Ver nota 29
[8] Cfr., pág. 110-111

martes, 11 de marzo de 2014

El Misterioso Barón von Klappenbach



Por Hyranio Garbho


Alexander Langsdorff, el Misterioso
Baron von Klappenbach
Uno de las figuras más misteriosas y enigmáticas de la Tradición Hermética bosquiana es el Barón Julius von Klappenbach.  ¿Quién era verdaderamente este hombre? ¿Cuál era su auténtica identidad? ¿Cuál fue su genuina incidencia en la concatenación de la Obra Hermética?  Julius von Klappenbach, cuyo nombre civil era Alexander Langsdorff, fue un coronel de las SS que se aplicó tanto a la arqueología, como al estudio del esoterismo.  Había nacido en Alsfeld, Alemania, en diciembre de 1898; y en noviembre de 1923, poco antes de cumplir los 25 años de edad, fue uno de los jóvenes hitleristas que participaron en el Putsch de Munich.  Estudió arqueología y germanística en la Universidad de Marburgo, y tras doctorarse en 1929 participó en diversas expediciones arqueológicas en Egipto e Irán.  Fue en este último país donde en 1932 inició la excavación del Tall-i-Bakun, cerca de Persépolis (en otro artículo espero extenderme sobre este fascinante hallazgo arqueológico y discutir las premisas desplegadas por el Instituto de Estudios Orientales de la Universidad de Chicago).

La vida de Klappenbach habría sido una vida normal de no mediar un misterioso encuentro, a principios de 1921, con Ernst Lauterer.  La Opera Mágica para Klappenbach (la obra de transformación), aconteció precisamente ese año, una tarde de primavera, cuando junto a Lauterer asistió a un meeting donde hablaría Adolf Hitler, el führer.  La impresión que éste ejerció en Klappenbach fue sólo comparable a la que antes Hitler ejerciera sobre el propio Hess.   Klappenbach recuerda, años más tarde, que en esa reunión Lauterer le habló crípticamente sobre el führer: "he aquí el hombre que salvará Alemania... él espíritu de aquel que siempre retorna... sólo a él deberéis lealtad... pues tras su aparente figura humana yace un dios, el dios de nuestro pueblo"

Langsdorff, en las SS, en una clase sobre
el esoterismo de las Kalas Mágicas
Doce años más tarde von Klappenbach ingresó a las SS.  Ello motivó su alejamiento temporal de Tarnhari y de la Orden bosquiana a la que pertenecía.   Como oficial SS ostentó los rangos de SS-Rottenführer (1934), SS-Scharführer (1935), SS-Oberscharführer (1935), SS-Untersturmführer (1935),  SS-Obersturmführer (1936), SS-Haupsturmführer (1938), SS-Sturmbannführer (1939), SS-Obersturmbannführer (1941); y SS-Standartenführer (1944).  Durante los años treinta publicó una serie de artículos y libros sobre arqueología, mientras siguió cultivando el esoterismo dentro de los círculos más herméticos de la Orden Negra.  Pero su momento no llegaría sino hasta poco después de terminada la guerra.  Ernst Klee, en su afamado libro sobre las Personalidades del Tercer Reich (Das Personenlexikon zum Dritten Reich. Wer war was vor und nach 1945), nos cuenta que Langsdorff murió en la pequeña ciudad de Eutin, en el norte de Alemania, en 1946.  La mayoría de los otros autores que, de un modo u otro, han escrito sobre Langsdorff, coinciden en señalar lo mismo[1].  Pero hay un misterioso libelo, escrito por un no menos misterioso autor que, contra toda evidencia, tuvo la osadía de afirmar algo completamente distinto.   Ese autor fue Gabriel de la Frontera, quien en su opúsculo Diarios de un Iniciado sostuvo que Langsdorff no murió en 1946, sino mucho después, en circunstancias que todavía resta aclarar[2].  De la Frontera basó su afirmación en el testimonio de Margarite vaal de Marne, su mentora esotérica, quien en su libro Memorias de mis Maestros (Des mémoires de mes trois maîtres) sostuvo que Langsdorff fingió su muerte para escapar del asedio aliado que se cernía, con inclemencia, sobre la Alemania derrotada[3].  En 1952 hallamos a Langsdorff en Turquía.  Dos años más tarde viaja a Irán y retoma sus labores de arqueólogo bajo diversos nombres falsos.  En 1957 se radica en la ciudad de Tesalónica, Grecia, donde traba amistad luego con el filólogo griego Stylianos Kapsomenos.  Esa circunstancia de su vida será fundamental.  Es por medio de su amistad con Kapsomenos que se entera de la existencia del Papiro de Derveni.  En Marzo de 1962, apenas dos meses después del maravilloso hallazgo, Langsdorff es uno de los pocos privilegiados que ha podido ver de cerca los restos del Papiro.  Está intrigado.  Participa, en su calidad de arqueólogo, en el equipo a cargo del hallazgo.  Sabe, a diferencia de lo que se dirá después, que no todo el material está quemado o semi-chamuscado.  Hay, junto a los restos rescatados, algunas columnas de textos intactas.  Junto con Kapsomenos comienza a trabajar en una.  Se trata de la breve cita de un poema atribuido a Orfeo.  Langsdorff ignora, entonces, que la traducción de este pequeño fragmento vendrá a cambiar por completo el destino de su vida.   No será la única, en todo caso.  Pronto advierte que las citas del autor del Papiro de Derveni, en este largo y extenso comentario a Orfeo, coinciden con una obra conocida por él hace mucho.  Y entonces, para su sorpresa, todo sucede de pronto.  Está frente a la confirmación de la obra de su mentor, su guía desconocido[4]. 


Fotografía de la rendición de Langsdorff en Italia, 1945
Muchos años antes, cuando era un joven discípulo del viejo Tarnhari, había tenido la oportunidad de conocer un libro misterioso, que el maestro de su maestro[5] atribuía al mítico Orfeo, llamado por él Arpha.  Ese maestro de su maestro era Ulrich von der Vogelweide.  La enseñanza Hermética nos dice que Vogelweide, en su juventud, formó parte de un selecto grupo conocido bajo el nombre del Círculo del Oera Linda.  Allí, su mentor, Pieter Goos, discípulo de Aalfjie Meylhoff, le habría enseñado un extraño manuscrito escrito en rarísimos jeroglíficos.  Según Goos, se trataba del original Libro de Bêden, uno de los apócrifos del Oera Linda extraviado. Vogelweide, instruido por Goos, trabajó en una traducción al Alemán del Manuscrito.  Para ello se hizo felizmente una copia del original[6].  Pero su alejamiento de Goos interrumpió esta empresa y Vogelweide desistió de hacer una versión en alemán.   Quince años después Vogelweide sufrió una experiencia mística.  En la cima del Elbruz fue visitado por una entidad divina -en sus palabras, la más antigua divinidad sobre la tierra.  Se trataba del dios Mundelfori, el dios creador de los arios.  Según Vogelweide el dios habló y él registró lo que dijo en jeroglíficos kálicos[7], los mismos en que estaba escrito el antiguo manuscrito que le enseñara su maestro, quince años antes.  Cuando Vogelweide retornó a su patria, tres años después, transmitió estas enseñanzas a un cerrado círculo de discípulos, entre quienes se encontraba Tarnhari (Ernst Lauterer).  Les enseñó las palabras del dios del registro propio que había hecho de su puño y letra; y también el apócrifo del Oera Linda.  Treinta años después Tarnhari transmitiría estas enseñanzas a sus discípulos, entre quienes estaba Alexander Langsdorff, el misterioso Barón von Klappenbach.   Fue entonces cuando Langsdorff tuvo ocasión de ver por primera vez el arphænomikon -esto es, el apócrifo del Oera Linda, del que el mismísimo Wirth dudara en su momento.  También Langsdorff dudó, si atendemos al testimonio de Margarite vaal de Marne.  Pero cuando en 1962 se halló, frente a frente, a un indiscutible pergamino, de más de dos mil quinientos años de antigüedad, todas las dudas se disiparon.  El texto que Vogelweide legara a su discípulo Tarnhari, y que éste enseñara a Langsdorff en 1928 o 1930, era auténtico. 

Otto Rahn
Quizá más o mejor conectado con la tradición hermética que Langsdorff fue, en su momento, Otto Rahn[8].  En su diario de viaje -que se transformara luego en un libro afamado, conocido bajo el título de Luzifers Hofgesind (La Corte de Lucifer)- Otto Rahn habla de un misterioso manuscrito, escrito en caracteres extraños (la persona que le refiere esta noticia a Rahn habla de jeroglíficos árabes o chinos), los que pueden muy bien corresponder al Evangelio no falsificado de Juan que refiere, en el mismo libro, el ingeniero de Bordeaux, con quien ha trabado amistad Rahn.  Ese ingeniero dice pertenecer a una Sociedad Secreta que demanda de sus miembros el más estricto silencio.  Esa Sociedad Secreta es la Orden Bosquiana de Ker Kasser, fundada en el sur de Francia por el propio Ernst Lauterer, bajo el prioritario cometido de hallar, en la región, evidencias del texto que, según la leyenda, habría estado en custodia de los cátaros albigenses.  Para Tarnhari, el texto que los cátaros atribuyen al apóstol Juan, no es otro más que el mismísimo apócrifo del Oera Linda.  Y por curioso que pueda parecer esto, ese texto, cuya lectura en kálico provoca una poderosísima vibración mágica, es el verdadero Grial.  Ésa es, por lo menos, la convicción a la que llegó Otto Rahn, en 1937, cuando visitó por primera vez las cuevas del Sabarthés. 

Alexander Langsdorff supo de esto muy tempranamente.  Pero no fue sino hasta 1962, cuando logró traducir con Kapsomenos ciertos pasajes del Papiro de Derveni, que estuvo en condiciones de certificar sus conocimientos. 

En Diciembre de 1962, Alexander Langsdorff, que hasta entonces ha vivido indistintamente bajo los nombres de Ernst Tubhinke, Julius Tab Inke y otros, retorna a Alemania bajo el nombre de Julius von Klappenbach.  Allí contacta a su joven amigo Hans Hausmann, a quien ha conocido mientras vivía en Turquía y con quien comparte intereses herméticos.  Hausmann es amigo de Karl Hoffmann, un joven universitario de Freiburg que comparte domicilio y amistad con una muchacha francesa de la sureña Mirepoix llamada Margarite vaal de Marne.  Es con estos tres jóvenes que Langsdorff forma una asociación de estudios de la antigüedad aria (Studiengruppe für aryanisches Altertum).  El maestro, que a la fecha tiene 64 años, ha sido formado en el bosquianismo por el mismísimo Tarnhari, que a su vez fuera un discípulo directo de Vogelweide.  El Papiro de Derveni le ha dado las claves para comprobar las enseñanzas del maestro.  Y ahora que sabe, de primera fuente, la verdad de las enseñanzas bosquianas está más decidido que nunca a transmitírselas a sus jóvenes discípulos.

Si damos crédito a lo afirmado por Margarite vaal de Marne (y reproducido luego por Gabriel de la Frontera) y es cierto que Langsdorff no murió en 1946 y fingió otras identidades para burlar la frenética persecución que hubo contra los oficiales SS, y en particular contra quienes formaron parte de la Ahnenerbe -como era el caso de Langsdorff- estamos frente a una de las personalidades más misteriosas del hermetismo bosquiano.  De todos modos, no sería el único de quien se afirman cosas asombrosas.  También de Rudolf Hess se dijo -y no sin un fundamento- que no era el verdadero, que el que estaba en Spandau era un doppelganger, un doble (cuestión que se aproxima peligrosamente a una verdad que puede ser certificada, por lo menos, tratándose del Rudolf Hess post 1966 -curiosamente, de nuevo, 1966).  Otro tanto se habló en su momento de Otto Rahn, quien tras fingir su muerte en las montañas austriacas, habría pasado a la clandestinidad en función de un proyecto secreto de la Orden Negra, emigrando finalmente al sur de Chile, en 1961.   Langsdorff no es, en ese sentido, una excepción.  Pero lo que lo vuelve especial y misterioso son las claves esotéricas que, a partir de su obra, comienzan a desplegarse en torno al bosquianismo.  Él es la verdadera clave secreta que enlaza a las órdenes bosquianas desde Vogelweide, pasando por Tarnhari, a las comunidades que en los años setenta fundara en Iberia el no menos enigmático Gabriel de la Frontera.  En el hilo conductor que enlaza todos los momentos de la Obra Hermética, la Aria Aurea Catena, von Klappenbach resulta ser el anclaje que permite enlazar la Obra antes del Tercer Reich y post el Tercer Reich.  He allí el autentico valor de este místico misterioso.




[1] M. H. Kater, Das „Ahnenerbe“ der SS 1935–1945. Ein Beitrag zur Kulturpolitik des Dritten Reiches. Stuttgart 1974; L. Klinkhammer, “Die Abteilung ‘Kunstschutz’ der deutschen Militärverwaltung in Italien 1943–1945”, en "Quellen und Forschungen aus italienischen Archiven und Bibliotheken", 72, 1992, pp. 483–549; Jonathan Petropoulos, Art as Politics in the Third Reich. Chapel Hill, NC 1996; Uta Halle, „Die Externsteine sind bis auf weiteres germanisch!“. Prähistorische Archäologie im Dritten Reich. Bielefeld 2002; Reinhard Bollmus, Das Amt Rosenberg und seine Gegner. Studien zum Machtkampf im nationalsozialistischen Herrschaftssystem. München 2006; Günther Haase, Kunstraub und Kunstschutz. 2 voll. Norderstedt 2008; Bernard Mees, The science of the swastika. Budapest-New York 2008; Ilaria Dagnini Brey, Salvate Venere! La storia sconosciuta dei soldati alleati che salvarono le opere d’arte italiane nella Seconda guerra mondiale. Milano 2010.
[2] Gabriel de la Frontera, Diarios de un Iniciado, ACE, 2014
[3] Margarite vaal de Marne, Memorias de mis Maestros, ACE, 2014
[4] Ese mentor y guía desconocido es Ulrich von del Vogelweide.
[5] El maestro de Langsdorff fue Tarnhari, y el maestro de éste Vogelweide.
[6] Decimos felizmente porque sin esta copia hecha a mano este texto estaría perdido por completo. 
[7] La enseñanza hermética señala que Vogelweide grabó en kálico las palabras del dios sobre los muros de su cueva.  Allí, con una piedra filosa, se las arregló para grabar las enseñanzas de Mundelfori.  Luego, memorizaría las kalas y las pondría por escrito en papel.  Esos grabados fueron legados, treinta años más tarde, al hermano de Vogelweide, quien las heredaría a su hijo Konrad de Lüben.
[8] Decimos "en su momento" porque el nivel de compenetración con la obra hermética que alcanzará el Barón von Klappenbach, hacia el final de su vida pública, no tiene parangón en la historia del esoterismo.  Von Klappenbach es el primero que se autoimpone emular al gran maestro Vogelweide y marcha, en 1966, con Hausmann y Hoffmann al desierto de Gobi.  También es von Klappenbach la primera y verdadera fuente que informa sobre el doppelganger relacionado con Hess.